Querida Paula

Veo imágenes que me estremecen por dentro y por fuera. Suma y sigue. Es una verdadera pena que nos dejemos arrastrar por unos cánones de belleza erróneos, que ponen en peligro nuestra salud, que nos roban precisamente lo que buscamos, la belleza. Suponen un durísimo castigo físico y psicológico (no sé si en este orden), del que las víctimas nunca se recuperan del todo, deja secuelas vitalicias y hace que el entorno afectivo también sufra mucho.

Da igual el nombre médico que tenga, no importa el rótulo. La cuestión es que no hay nada que justifique que una persona, por lo general joven y guapa, se mate de hambre en una escalada de violencia contra sí misma y que mientras los demás vamos viendo cómo se acerca peligrosamente a la muerte, ella siga tratando de perder “unos kilitos”. Sus huesos sobresalen dolorosamente, sus ojos se van quedando sin expresión, a su piel ya no le queda brillo… ¡Que alguien pare esta locura!

Autor | Chus Vidal

Foto | Francisco Oliveira (PortoPortugal) en Flickr

La luna

Desde hace más de 25 años se venden parcelas en la luna. Incluso existen embajadas lunares (no sé si con pasaporte del cuerpo diplomático).

Si a eso le añadimos la cantidad de arquitectos, aparejadores, constructores, albañiles en cualquiera de sus especialidades que se han quedado en paro, ya lo tenemos. Hay que montar empresas que construyan en las parcelas. Y luego promotoras que vendan las casas. De ese modo los viajes que ahora son carísimos, bajarán de precio. Las parcelas, que ahora son baratísimas, subirán. Y daremos salida a un montón de parados, reflotaremos negocios en bancarrota, florecerán nuestros marchitos polígonos industriales, se venderán hormigoneras, camiones y coches para la luna a montones.

En la luna luego hay que montar centros comerciales, restaurantes, cines (todo para el ocio porque a la luna se va de ocio, no nos engañemos), gasolineras con túnel de lavado, instalaciones deportivas, zonas verdes (bueno, de esto no estoy muy segura), rutas guiadas en vehículo lunar apropiado, centros de culto de las diferentes religiones, panaderías, tiendas de comida preparada, centros médicos, hoteles y todo aquello que se vaya necesitando que será mucho.

Es que a veces no vemos más allá. Hay que abrirse a nuevas posibilidades.

Autor | Chus Vidal

Foto | Luz Adriana Villa A. en Flickr

Ciclistas

Hasta hace muy poco tiempo este deporte era cosa de héroes. Estaban rodeados de un halo de épica que los hacía especiales. Eran unos sacrificados, que se mataban a entrenar subiendo puertos con 40 grados o con una gran nevada, que morían atropellados por un coche en carreteras de segunda, que ni comían para no engordar, que nadie los patrocinaba pues no era el suyo un deporte de masas ni de élites…

Ya en competición eran héroes solitarios. Empezaban una escapada en el kilómetro 20, pedaleaban hasta la extenuación solos y cuando estaban a punto de caer rendidos de la bici, eran alcanzados por el pelotón y su victoria desaparecía.

Ahora parece que nada de aquello era verdad. Ser ciclista profesional se ha convertido en sinónimo de ser un tramposo, embaucador y drogadicto. Pero es que además a esta tendencia se le ha dado retroactividad de manera que ciclistas retirados de la competición hace muchos años, están siendo juzgados y castigados ahora, desposeyéndoles de su palmarés.

Yo no conozco nada igual en ninguna disciplina deportiva. Añado que en otros deportes parece tenerse toda la manga ancha que no se tiene con el ciclismo. Me arriesgo a decir que toda esta campaña huele a podrido.

Autor | Chus Vidal

Foto | Toni Raskolnikov en Flickr

Microeconomía

Tal vez pueda parecer frívolo, pero cuando viajo fuera de España me fijo mucho en los coches, en la flota automovilística del país en cuestión.

Hace algunos años pasé una temporada en Argentina. ¡Los coches eran muy antiguos! Luego un bonaerense me explicó que, tras el corralito, la gente no tenía plata y se había extendido la costumbre de comprar un viejo auto en un desguace y entre amigos y conocidos, arreglarlo lo suficiente para que rodase. La apariencia y las condiciones de seguridad eran precarias para alguien que procedía de la que entonces se jactaba de ser la octava economía.

Años antes fui testigo de los coches de los años 40 y 50 que circulan en Cuba. Incluso pude ver cómo a uno que se había recalentado en pleno malecón de La Habana, lo rellenaban con agua de lluvia de un charco. Realizada la operación, el coche siguió su camino sin problemas.

También en Marruecos contemplé cómo eran considerados coches estupendos, modelos con muchos, muchos años, en desuso aquí.

Y ahora me pregunto: ¿veré lo mismo en España sin tardar mucho? No es un mal menor, es un síntoma terrible de lo que nos está pasando.

Autor | Chus Vidal

Foto | Mr Ush en Flickr